Todo esto partió el jueves. Tipo 1 y media de la tarde, yo estaba en la micro que me llevaba al metro, la había tomado recién, cuando me suena el celular. Es mi mamá, me llama para contarme que Don Fernando había fallecido, se nos fue el Técnico. Lo primero en lo que pensé fue en la reacción de mi papá, asi que le pregunto por él a mi mamá. Dice que mi papá está bien, y de pasada me pregunta si lo quiero acompañar a Osorno. Lo dudo por un rato, como que los ánimos no andaban como tener que aguantar un viaje de 11 horas, un velorio y un funeral. Le digo que la llamo en un rato, para pensarlo bien, pero sabía que iba a terminar en ese bus. Llego a clases, en medio de esta me llega un mensaje diciendo que tenemos pasajes para las 10 y cuarto de la noche del mismo jueves. Termina la clase, vamos a dar vueltas y después parto a mi casa. Cuando llego, mis papás estaban entrando, así que conversamos sobre lo que teníamos que hacer. Me ducho (era un viaje de un día, sin alojar ni tener pieza de hotel, así que la posibilidad de ducharse allá estaba descartada) y como un plato de comida. Agarro un bolso; meto algo de ropa, mis lentes, algo para leer, mi pendrive y ya estamos listos para partir.
Con todo el ánimo posible, partimos hacia el terminal de buses. El ambiente en el auto no era el mejor, estaban todos alterados, pude notar que mi papá estaba medio afectado, se le notaba estresado. Después de que él y mi mamá discuten, le termino dando instrucciones a ella como para que nos deje en el metro sin tener que encontrarse con tanto taco, y para que nosotros llegaramos a la hora. Llegamos temprano y a las 10 y cuarto en punto, parte el bus hacia Osorno. 11 horas de viaje y cero horas de sueño después, llegamos a Osorno. Primera idea: vamos a tomar un café, tenemos pasaje de vuelta a Stgo a las 10 y necesitamos estar medianamente presentables. Tomamos desayuno en un supermercado local y mientras esperábamos que abrieran la iglesia, pudimos ver algo del centro de Osorno. No es la ciudad más bonita del mundo (sin ofender). Abren la iglesia, entramos y vemos a dos de los que serían nuestros anfitriones por ahí. Una hija del fallecido y su esposo, a los cuales yo nunca antes había visto y que mi papá no veía hace más o menos 25 años. Yo presentándome, dando condolencias, parando el dedo, pensando “en esto vamos a estar hasta las 10?”. Por ahí van apareciendo un par de caras conocidas (de todas las personas que vi en el velorio en todo el día, había conocido a 6 personas anteriormente, el resto eran nuevo para mí y técnicamente son tíos y primos míos). Me quedo conversando con una prima, tomando las 4 tazas de café que me pasarían la cuenta en la tarde. Como poco, no tengo hambre. No me siento muy afectado por el fallecimiento, pero no me siento cómodo.
Pasa la mañana y vamos a almorzar. Mi padre me deja abandonado para ir a conversar con su “compadre”, así que me veo obligado a conversar con un tío que no había visto jamás y mi tio abuelo (hermano del fallecido). Ahí fue cuando la cosa empezó a cambiar. Empecé a conversar, no sé, a ponerme al día. Tantas cosas que no sabía, gente que no conocía, y que ahora vería de nuevo feliz. A pesar de las circunstancias en las que se dio el encuentro, había un buen espíritu en esa mesa. Había ganas de conversar, de estar cerca. Mal que mal, me decían que no se juntaba tanta gente de la familia desde hace 25 años, y que lo más cercano a eso fue el funeral de mi abuelo, hace 10 años, pero donde faltaron algunas personas. Sí, es verdad, nos juntamos solo para funerales. Después del almuerzo, unos se fueron a sus hoteles, otros volvieron al velorio, yo salí con cámara en mano a sacar fotos a algunas casas que había visto en la mañana cuando fuimos a comprar flores para el velorio. Mi papá me acompaña y así aprovechamos de conocer algo de Osorno. Cuando volvemos, entramos al velorio y nos sentamos ahí. De a poco, el efecto de la cafeína empieza a bajar y entra el sueño. Justo antes de caer dormido, nos invitan a dar una vuelta por ahí. Salimos, recorremos, conversamos un poco más, y después vamos a la pieza del hotel de una de las primas de mi papá, para que nos preste el baño y para capear un poco el frio de mierda que había en el centro a esa hora. Ahí conversamos un poco más y hacemos tiempo para el bus que parte a las 10. Volvemos a la iglesia, nos ofrecen un té y un pancito para ir con el estómago lleno en esas 11 horas de viaje. Me tomo solo el té y ya es hora de irse. Nos despedimos, de las caras viejas, de las caras nuevas, de todos. De los que me cayeron bien, de los que me cayeron mal. En fin, nos despedimos de la familia y caminamos la cuadra y media que había entre la iglesia y el terminal de buses.
Ya son las 10 de la noche. Por fin nos vemos sentados en un bus mucho más cómodo que el de la noche anterior. Sin frío, con la mente tranquila. Con todo el sueño del mundo. Después de un día eterno (de 48 horas). Con ganas de volver a la casa y dormir. Entre que nos sentamos y empieza la película, me tomo el tiempo para reflexionar sobre el día, para pensar en la gente que conocí y que de alguna manera, ya son cercanos. Son familia. Tan extraño eso. En un día, pasé a tener varios tíos y unos cuantos primos más. Sentado en el bus, con una bonita canción sonando en el pendrive, sonrío un poco y le digo a mi papá: “lo pasamos bien, cierto?”. Me da un sí de respuesta., y nos decimos buenas noches. Sí, lo pasamos bien.